
La Llorona es uno de los habitantes más emblemáticos de la cultura popular de México. Como leyenda moralista o sólo con el afán de asustar o mantener a los jóvenes adentro de sus casas con la llegada de la noche, La Llorona se fue convirtiendo en un personaje tan mexicano como cualquier otro.
Encontramos versiones distintas sobre el origen de La Llorona incluso antes de la llegada de los españoles. La mitología azteca cuenta que la diosa Cihuacoatl aparecía por las noches ataviada con largos vestidos blancos, presagiando con llantos la funesta llegada de los conquistadores a México. Así lloraba la suerte de sus hijos: ¡Oh, hijos míos ha llegado vuestra destrucción, ya tenemos que irnos lejos! O también: ¡Hijitos míos!, ¡¿ a dónde los llevare?!
Con la llegada de los españoles, y después de haber conquistado Tenochtitlan, se dice que la esposa mexicana de Hernán Cortés, Doña Marina, mejor conocida como la Malinche, después de muerta regresó de la tumba a penar con llantos lastimeros por haber traicionado a los de su raza.
La leyenda continuó y, a mediados del siglo XVI, los habitantes de la Ciudad de México contaban que a medianoche, y principalmente cuando había luna llena, se escuchaban unos gemidos tristes y prolongados: ¡Ay, mis hijos!, ¡¿Dónde están mi s hijos?!, lanzados por una mujer que parecía afligida por una pena muy honda.
Los que se atrevieron a salir a la calle a investigar o se asomaron a la ventana, vieron a una mujer vestida de blanco, con un espeso velo que le cubría el rostro. Recorría las calles con pasos lentos hasta llegar siempre a la Plaza Mayor, ahí daba el último y angustiado lamento, continuando poco a poco hasta desvanecerse como una sombra.
¿Quién era? Ya no era la Malinche, sino otra hermosa mestiza, hija de un español y de una india mexicana, que en mil quinientos y tantos se enamoró de un apuesto capitán español, con quien tuvo dos hijos. Pero al capitán sólo lo movía la pasión y cuando tuvo oportunidad de casarse con una joven española, lo hizo, dejando a la mestiza abandonada a su suerte y con sus niños a cuestas. Ella decidió confrontar al amante, pero al verse humillada y desprotegida, en un arranque de locura, la emprendió contra sus niños matándolos con un puñal que el mismo capitán le había regalado. Así, con sus manos ensangrentadas, salió a la calle llorando y gritando de arrepentimiento y dolor, hasta que la justicia la arrestó. Fue condenada a muerte por garrote.
Desde entonces y para siempre, angustiada por la pérdida y afligida por el pesar, deambula por las calles buscando devolver la vida a los pequeños y reunirse con ellos para expiar su culpa. No deja de andar una sola noche por las calles hasta desvanecerse en la oscuridad al estremecedor grito de ¡Ay, mis hijos!, ¡¿Dónde están mi s hijos?!
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